GESTIÓN DIRECTIVA Y GOBERNANZA: Dirección Pública e imagen institucional.
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Vigilancia en los Museos Vaticanos de Roma. © Del autor, junio 2016
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Lo habitual en nuestra Comunidad Autónoma es que las instituciones culturales públicas posean adscripción como servicios administrativos de gestión dependiente de órganos periféricos de la administración andaluza o de gestión diferenciada, en virtud del Decreto 213/2015, de 14 de junio, de estructura orgánica de la Consejería de Cultura, que las hace depender directamente de órganos centrales de la Consejería del ramo de la Junta de Andalucía, —con la única excepción del Museo Picasso Málaga, con modelo de gestión en las españolas Fundaciones Privadas. Su gerencia depende en instancias superiores a nuestros responsables políticos, en su legítimo papel electo de gobierno en administraciones, organismos e instituciones públicas, y su Dirección, que se pretende facultativa, es de designación por libre disposición de la plaza de los que hemos definido como sus gerentes, lo que habitualmente conocemos como nombramiento PLD (puestos de libre designación).
En este
sentido, la imagen y representación del Museo como unidad administrativa
cultural pública, aunque aquéllas debamos deducirlas en justicia por su general valoración
social, dependen directamente de la aplicación de concretas decisiones de
carácter político y técnico de sus gestores públicos y de la actuación de su
Dirección, a quien debería corresponder menos su talla y filiación política que su
solvencia técnica, en ese juego de intermediación de tensiones de legitimidades
apuntadas por Manuel Zafra. No obstante, nos parece natural, quizá por usual y
cotidiano, que la Dirección de un museo público atienda más a la imagen y
representación del partido político del que depende un gobierno temporal y finito que a
la inmutable esencia de una institución heredada de generaciones pretéritas
para su legación a futuro. Como individuos no somos lo suficientemente
conscientes de que por encima del representante político de turno, un Museo
tiene una sucesión concatenada de directores que formarán parte de su historia,
muy posiblemente sin que los anales perpetúen la memoria del partido político y
su concreto representante que les instaló en el cargo mediante libre
designación, evaluándose las actuaciones enfrentadas durante su mandato en
términos de resultados en solvencia técnica, talla intelectual y certezas
en torno a la tutela, incremento, conservación y difusión del Patrimonio Cultural. Estas últimas condiciones son las
que crean leyendas doradas de pretéritas direcciones, donde se literaturiza con
gloriosas epopeyas el firme timón de tal Director o Directora, mientras
existirán leyendas negras sobre las que pasemos de puntillas sobre su
Dirección, sin indagar sobre la directriz política bajo la que se tomaron poco
adecuadas o directamente nefastas actuaciones, que acabaron dando resultados adversos y
restaron valor a la imagen del Museo como institución.
Como ejemplos de lo que venimos glosando son las legendarias intrigas que se han
descrito sobre los primeros directores aristócratas del Museo Real de Pinturas
y Esculturas del Prado, de los interesados pintores que se situaron a su frente tras 1868 en el
nacionalizado Museo Nacional del Prado y los primeros directores facultativos
que, tras la Guerra Civil española, pilotaron la primera pinacoteca nacional. Heróica nos resulta la dimisión de Alfonso Emilio Pérez
Sánchez de su dirección por oponerse a la primera Guerra de Iraq,
mientras que recordaremos con quizás injusto sonrojo el cese de Fernando Checa
Cremades por un conyugal reportaje de sillas para el Nuevo Estilo.
En otro
orden bien distinto de circunstancias, sumamos los nombres en la Dirección del
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía con el sonado relevo de Juan Manuel
Bonet por Ana Martínez de Aguilar, precisamente bajo un ministerio socialista en 2004, cuya solución la facilitó la firma por parte del Ministerio de
Cultura de un Documento de Buenas Prácticas en Museos y Centros de Arte que pretendió
incorporar como práctica estable la realización de concursos internacionales o naconales para la elección de
Director, que terminó con la polémica dirección de aquella institución en 2007. Todos estos anales han relegado el nombre de monarcas, presidentes, ministros o consejeros de los que dependieron estos nombramientos, sólo permaneciendo en las crónicas periodísticas aquéllos con alguna mácula de reprobación social, en una suerte de "maldita hemeroteca".
La
representación del papel Directivo al frente de una institución como el Museo,
a la vez tan ajena a los habituales servicios burocráticos públicos como
cercana a sus modos de gestión, aunque sea otra su naturaleza, nos lleva a
perder de vista que dicho cargo tan sólo puede ser asumido con completa lealtad y
respeto institucional, deslindando claramente lo que la Dirección representa en el
juego cultural de una sociedad civilizada y las contingencias temporales de los
cargos políticos que la sustentan. La imagen del Museo que se proyecta sobre una
sociedad, a la que pertenece su usufructo y la obligación de legarlo en las
mejores condiciones a futuras generaciones, se conforma a partir de un complejo
conglomerado que define su inmueble, personal, colección y servicios que presta
a su público, lo que muchos museólogos han definido hoy como un completo y complejo sistema
de comunicación. Como en todo acto de comunicación, el sujeto comunicador confía
gran parte del impacto de su mensaje en la veracidad, honestidad, buena fe,
solvencia y excelencia de su papel como emisor, que encabeza en primera persona la Dirección.
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Museo Magritte, Bruselas. © Del autor, agosto 2009
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Desde esta perspectiva semiológica, la
representación del Museo no se deduce exclusivamente de las figuras de sus
gestores políticos que casi de forma accidental se sitúan al frente de
determinados actos en el Museo, o de su director, sino de todo el personal que
conforma su plantilla estable, los servicios que puntualmente puedan
contratarse y las distintas formas de asociacionismo de participación social
dentro de la institución. Tan nefasta es la imagen negativa que de la
institución puede dar el personal de información y expendedores en su acceso,
los vigilantes de museo en sus salas, como la actuación de su cuerpo técnico y
su dirección.
En otras palabras, el mensaje que el público recibe de la institución comienza previamente a su visita (conformada por su presencia en la red, noticias publicadas al respecto, información textual, visual y audiovisual en los medios de comunicación de masas, etc.), se explicita en su aproximación al inmueble museístico en su entorno urbano y se completa y concreta en contacto con la institución (el inmueble, la señalética, mobiliario e infraestructuras museográficas, colección, información textual, visual y audiovisual en sala, personal de la institución, servicios anexos, etc.), que sumados en su conjunto dan como resultado la imagen pública que se percibe y por la que se define a un Museo.
Concluimos que la residencia de esa representación del Museo en su Dirección no debe funcionar como una personalización de la institución en su figura, sino en la idea de que ésta debe ser garante de que todos los elementos conformadores de esa imagen social y pública respondan con justicia, eficacia y buen gobierno a su necesaria inmaculada representación.
En otras palabras, el mensaje que el público recibe de la institución comienza previamente a su visita (conformada por su presencia en la red, noticias publicadas al respecto, información textual, visual y audiovisual en los medios de comunicación de masas, etc.), se explicita en su aproximación al inmueble museístico en su entorno urbano y se completa y concreta en contacto con la institución (el inmueble, la señalética, mobiliario e infraestructuras museográficas, colección, información textual, visual y audiovisual en sala, personal de la institución, servicios anexos, etc.), que sumados en su conjunto dan como resultado la imagen pública que se percibe y por la que se define a un Museo.
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Incorporación de contenidos sociales en el Museo de Ámsterdam
© Del autor, julio 2013
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No
obstante, es muy habitual que cuando nos referimos a la imagen institucional
del Museo nos centremos en la figura de su Dirección, en un sistema de vasos
comunicantes que define la imagen de éste como la del Museo y a la inversa,
bajo el axioma: El Museo soy yo. Una aseveración no sólo peligrosa por cuanto
comporta una visión de la institución pública como coto privado temporalmente asignado a título personal, sino por cuanto
abre la puerta a modelos de comportamiento público sujetos al arbitrio del
individuo y su rosario de comportamientos posibles que, en el mejor de los
casos, deja a la institución al albur en la confianza de su talla personal y
profesional. Comprender la Dirección como liderazgo de un conjunto bien
coordinado y cooperativo en un proyecto de Museo es hoy un desiderátum bajo un
sistema que antepone la representación de tan específica institución cultural a
las apetencias políticas de sus gestores, en un sentido que aquel Documento de
Buenas Prácticas en Museos y Centros de Arte vino a corregir a principios de este
siglo, y que aún continúa siendo papel mojado en un gran número de nuestros
museos.
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Obsoleta y poco cuidada imagen del florentino Musei degli Bargello
© Del autor, julio 2010
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Concluimos que la residencia de esa representación del Museo en su Dirección no debe funcionar como una personalización de la institución en su figura, sino en la idea de que ésta debe ser garante de que todos los elementos conformadores de esa imagen social y pública respondan con justicia, eficacia y buen gobierno a su necesaria inmaculada representación.




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